¡Cine atómico! Panic in the Year Zero (Pánico infinito), 1962, Ray Milland   2 comments

Panic in Year Zero

– Look, sweetheart, two and two doesn’t make four anymore. At the moment, it adds up to exactly nothing. For the next few weeks survival’s going to have to be on an individual basis. At the moment, we have to have food…a way to protect it, and a way to get more when it’s gone.
– What do you want to do? Write off the rest of the world?
– When civilization gets civilized again, I’ll rejoin […]
We’re fighting for our lives, Ann. The main highways are completely choked. They’re spreading out on all the other roads. Every footpath will be crawling with men saying: “No matter what, I’m going to live.” That’s what I’m saying, too. My family must survive.

Parece como si los productores de Panic in the Year Zero! se hubiesen propuesto hacer una película que respondiese precisamente a la pregunta que da título a otro de los artículos de este blog: ¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS? ¡Diantres!, bien podría ser lo que hace su protagonista, Harry Baldwin, dechado de sentido común y sólidos valores norteamericanos: tonto el último, buscar cuanto antes aprovisionamiento de supervivencia y armas, buscar cobijo para mí y para mi familia en algún lugar alejado del resto del mundo, y defenderlo a tiros si es preciso de facinerosos y saqueadores varios a la espera de que las autoridades restablezcan la ley y el orden, con ayuda de Dios.

Harry Baldwin soñando con su día de pesca.

Harry Baldwin soñando con su día de pesca.

Los Baldwin, representantes de una familia estadounidense de clase media cualquiera de los años 60, se van de excursión de pesca. Salen con su automóvil y su caravana bien temprano para aprovechar bien el día, para desesperación de sus dos hijos adolescentes, Rick y Karen. Poco pueden sospechar acerca de lo que se avecina. Mientras están en ruta y ya alejados de la ciudad de Los Ángeles – y aún no llevamos ni 5 minutos de película, no se puede decir que los guionistas pierdan el tiempo – un par de grandes destellos que iluminan todo el paisaje les sorprenden. ¡Quieto parao! Algo ocurre. Los Baldwin se detienen en la cuneta y miran preocupados a su alrededor…

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¡Ay cordeeeera! ¡Que si te agarro te mido el loooomo!


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ZRAP!


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Pues, ¿no me acaban de joder el día de pesca los comunistas estos de mierda…?

Estrenada en plena era Kennedy en Julio de 1962, mientras los norteamericanos disfrutaban con las palomitas y las peripecias de los Baldwin en la América post-nuclear, los soviéticos se afanaban en trasladar de tapadillo cohetes de alcance medio, ojivas termonucleares, bombarderos y otras fruslerías por el estilo a Cuba, apenas a 200 kilómetros de territorio de los Estados Unidos, en un intento de equilibrar la balanza ofensiva (pista: los EEUU tenían ya misiles instalados en Turquía, es decir, a tiro de piedra de la URSS). La película se adelantó por unos pocos meses a la Crisis de los Misiles Cubanos, quizá para desolación de los productores que sin duda hubieran hecho buen uso de un poco de promoción extra. Aunque como veremos después, creo que eso habría podido resultar contraproducente para una película como esta.

Tradicional sitio de mislies cubano

Tradicional sitio de misiles cubano

Aún así, no faltaban motivos de preocupación para quien quisiera tenerlos. Solo un año antes Nikita Khrushchev subía las apuestas al detonar la URSS su Tsar Bomba, un artefacto termonuclear con una potencia de nada menos que 50 megatones: a día de hoy la mayor explosión causada por el hombre. Y pudo haber sido peor si no fuese porque los soviéticos tuvieron la delicadeza de modificar el diseño inicial, que era de 100 megatones de nada, al darse cuenta de que corrían el riesgo de repartir ingentes cantidades de radioactividad por todo el norte de su propio país. Curiosamente por este cambio en el diseño, la bomba que podría haber reducido a ciudades como Nueva York o Washington a poco más que una caja de mondadientes, fue también la más “limpia” en relación con su potencia.

Detonación de la Tsar Bomba

Detonación de la Tsar Bomba

Los ICBMs, esos magníficos (tecnológicamente hablando) y terribles leviatanes capaces de llevar muerte y destrucción  a la puerta de tu casa como si de un lechero maligno se tratase, habían ya asomado la patita pocos años antes, con el R-7 Semyorka, una de sus versiones elevando al Sputnik sobre las cabezas de un asombrado planeta. Su despliegue como arma intercontinental había comenzado apenas dos años antes, en 1960. Estamos ya por tanto en los albores de la época de la doctrina MAD (Mutually Assured Destruction) o Destrucción Mutua Asegurada

R-7 Semyorka. Feo pero resultón.

R-7 Semyorka. Feo pero resultón.

Es por esto que, retomando el filme, no resulta tan extraño que nada más ver los destellos tanto Harry como su mujer  Ann piensen enseguida en las bombas nucleares. Las explosiones nucleares no eran algo desconocido para cualquier norteamericano en los años 50. El gobierno preparaba a la población para la era atómica con multitud de material escrito y audiovisual, aunque aún con un sesgo muy marcado como ya veíamos en un artículo anterior del blog. Todavía se realizaban pruebas nucleares en territorio continental de los Estados Unidos a tan solo 100 kilómetros de Las Vegas, en el Nevada Test Site; ¡algunas incluso serían televisadas! El famoso cortometraje Duck and Cover, donde una simpática tortuga de dibujos animados llamada Bert aleccionaba a los niños de toda Norteamérica sobre cómo debían actuar en caso de un ataque nuclear, se había estrenado nada menos que 10 años antes de Panic in the Year Zero!: en él se describe cómo la primera señal de una explosión atómica es un fuerte y súbito resplandor.

Ann opina que quizás se trate de pruebas realizadas en el desierto de Nevada, no muy lejos de Las Vegas. Pero el resplandor no proviene de esa dirección. Preocupados, deciden dar la vuelta en dirección a Los Ángeles y parar de camino para tratar de llamar a la madre de Ann. Cuando encuentran una cabina telefónica descubren que las comunicaciones han sido interrumpidas. Igualmente, la radio del coche no recibe señal ninguna de las emisoras de la zona. Es entonces cuando ven a lo lejos un enorme hongo atómico, situado directamente encima de la gran ciudad… sus temores se confirman, la guerra nuclear ha comenzado.

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Continúan su camino de vuelta, pero antes deben parar en una gasolinera para repostar. Es ahí donde los Baldwin asisten al primer indicio de lo que está a punto de suceder. El tipo que está delante de ellos les confirma que ha habido una gran explosión en Los Ángeles: ha salido pitando de allí, y no ha tenido tiempo de llevar nada consigo, ni siquiera dinero. Cuando el encargado le reclama el pago de la gasolina, el hombre, desesperado, le golpea y escapa a todo gas.

¡Ridiela!

¡Que pague Rita que a mi me da la risa! ¡Chúpate esa!

Harry es un tipo despierto y comprende enseguida que se enfrentan a un escenario de supervivencia pura y dura. Volver a Los Ángeles no tiene sentido: las carreteras están llenas de coches que huyen de la ciudad a toda mecha, y en más de una ocasión están a punto de pasarles por encima. Cuando paran en una cafetería para un último intento de contacto con la madre de Ann, comprueban como los precios ya comienzan a dispararse, ante el flujo continuo de fugitivos. Los suministros básicos pronto escasearán y serán motivo de disputa entre los supervivientes.

Rápidamente toma una decisión: deben huir, huir al campo y refugiarse lejos de todo y de todos. A partir de ahora, se trata de una lucha feroz por la supervivencia hasta que las autoridades recuperen el control y el orden y la civilización vuelva a establecerse. Retoman por tanto la ruta hacia el destino inicial de su excursión de pesca, una zona en las montañas que puede servirles de refugio.

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Me lo llevo todo, que estoy mu loco. ¡Maldito facineroso!

En el camino deben detenerse a acaparar provisiones: como salieron muy pronto, es todavía temprano y confían en que apartados de las carreteras principales puedan encontrar pueblos donde todavía no se hayan enterado de lo ocurrido. Así es, y en una pequeña población encuentran donde comprar víveres, herramientas y armas, y no sospechan todavía la que se viene encima. Sin embargo, no tienen dinero suficiente para todo… enfrentado al dilema de la supervivencia, Harry lo tiene cristalino y no duda ni un segundo que es hora de dejarse de remilgos burgueses, y toma por la fuerza todo aquello que necesita para garantizar una mínimas posibilidades de futuro para él y su familia. Más adelante hará lo propio en una gasolinera, donde sacude al encargado que hacía su agosto particular multiplicando los precios aprovechando la circunstancia de que unas cuantas bombas nucleares han caído en las proximidades.

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¡Toma del frasco carrasco! ¡Facineroso!

A partir de ahí, el filme nos muestra cómo la familia consigue llegar hasta las montañas, se refugia en una cueva y prepara un campamento donde con disciplina cuasi militar se preparan para pasar las próximas semanas o meses hasta que la normalidad se restablezca.

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¡ja ja ja! ¡JA JA JA! ¡Te vamos a de robá y te vamos a de matá!

En el camino deberán batirse el cobre a base de tiros con un grupo de jóvenes facinerosos que aprovechan el caos para dedicarse a la vida licenciosa, robar, asesinar y a molestar a jovencitas como la hija de Harry, cosa que terminarán pagando cara.

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¿Estudias o trabajas?

Mención aparte merece el papel reservado para las mujeres en un guión alegremente machista. El control de la situación y la decisión de lo que hay que hacer en cada momento recae de forma natural y sin discusión alguna en el sensato y decidido pater familias, secundado en todo momento por el hijo varón, rendido de admiración por él. Las mujeres son poco más un bulto que gime y protesta sin darse cuenta de la gravedad de la situación (solo los hombres la comprenden al momento) y al que hay que proteger y trasladar de un lado a otro encerrado en la caravana. Ann, la esposa de Harry, aporta aún cierto contrapunto de humanidad y sensibilidad al papel de duro que su marido se ve obligado a ejercer, pero a base de lloros y escenas, como no podía ser de otro modo.

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¿Porqué eres tan capullo, cariño?

Karen, la hija, sin embargo no tiene otro papel en la historia que el ser atacada por la banda de macarras y desatar así la justa ira y venganza de los Baldwin macho.

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¡Comed plomo malditos facinerosos!

Durante el resto del metraje, se limita a ser una adolescente tontaina y mohína a la que parece que todo este asunto de la guerra le resulta tan molesto como si la hubiesen castigado un mes sin salir.

Panic in the Year Zero! no tienen intención alguna de enredarse en disquisiciones políticas ni filosóficas acerca la locura de la carrera armamentística ni del horror radioactivo de un posible Holocausto nuclear. Con medios escasos pero efectivos, se centra en cambio en mostrarnos una consecuencia común a cualquier guerra convencional, y que quizá sea el mayor peligro para los supervivientes: el desmoronamiento del orden social, legal, y sobre todo moral, saca a la luz lo peor de cada uno de nosotros y pone de relieve lo frágil que es esa pátina de civilización que engrasa nuestras sociedades y nuestras relaciones con los demás en tiempos de paz. La ley de la selva se impone con inusitada rapidez y cada uno se encuentra librado a sus propios medios y en competencia directa con el resto de sus congéneres. ¡Homo homini lupus! Cuanto antes se dé cuenta uno mismo de esta situación, y acapare los medios de subsistencia necesarios – comida, agua, energía, refugio, ¡armas! – más posibilidades de salir bien librado del trance. Si para ello hay que pasar por encima de alguien, se pasa y listo.

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Yeehaw!


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¡Rock’n’roll!

Sin embargo no es que el mensaje que Panic in the Year Zero! quiera transmitir, consista en arrojar por la borda la moral y los valores de la gente de bien, sustituyéndolos sin más por el sálvese quien pueda. Todo lo contrario: si bien el objetivo inmediato es la autopreservación, es preciso no perder en el camino la humanidad ni los valores para contribuir a la reconstrucción de la civilización y el orden social, cosa que ocurrirá sin duda antes o después. Y es algo que el protagonista nos recuerda explícitamente en varios momentos de la película, especialmente cuando ve que su hijo empieza a cogerle el gustillo a eso de vivir como en el Salvaje Oeste.

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Alégrame el día, ¡facineroso!

Panic in the Year Zero presenta un fuerte contraste con On the beach, la película sobre la que hablamos en la entrada anterior de esta serie. Para empezar, en cuanto a la factura del filme: la primera es un producto que roza con la serie B, mientras que en On the beach tenemos nombres como Ava Gardner y Gregory Peck, entre otros. Aún así, hay que mencionar que Panic… está dirigida y protagonizada por Ray Milland, actor y director galés quien fue ganador del Óscar al Mejor Actor de 1945, si bien en 1962 sus días de gloria ya habían pasado. En cuanto al guión en sí, se encuadra también dentro de ese periodo de cambio de perspectiva global respecto a las armas nucleares allí mencionado, pero aún siendo Panic… posterior, se sitúa en el lado opuesto a On the beach en el  debate. Su desarrollo asume más bien la que era la narrativa oficial durante la etapa más temprana de la era atómica, antes de la llegada de las bombas termonucleares y los misiles intercontinentales a gran escala: la radioactividad no es tan peligrosa, las bombas nucleares no son más que bombas, el país puede sobrevivir y ganar una guerra nuclear. Recordemos en cambio que en On the beach, el final inevitable no era otro que el de la total extinción de la raza humana.

Panic in the Year Zero trata entonces de aprovechar el tirón de un posible enfrentamiento a gran escala entre las dos superpotencias (un tema muy de actualidad casi en cualquier momento de la segunda mitad del siglo pasado) sin salirse ni un milímetro de esa narrativa oficial ya en decadencia, representando quizá uno de los últimos coletazos del discurso original que las autoridades querían vender a la población en los albores de la era atómica. En mi opinión, de haberse retrasado su estreno unos pocos meses es probable que el shock de la crisis de los misiles de Cuba hubiese dejado su trama bastante desfasada y como perteneciente a una época ya superada. Tras haber rozado el mundo la realidad de un intercambio termonuclear total muy de cerca, las peripecias de supervivencia campestre de los Baldwin resultan, cuando menos, un tanto ingenuas; aunque es cierto eso sí que la premisa base de que uno de los mayores peligros para la supervivencia individual son, precisamente, el resto de supervivientes, sigue siendo válida y continúa estando de actualidad como demuestra por ejemplo una serie televisiva tan en boga como The Walking Dead.

El subtexto de la película es también ciertamente oficialista: un tufo de moralina y maniqueísmo planea sobre todo el metraje. Si bien no se menciona explícitamente, se da por entendido que la responsabilidad de la agresión recae en el otro bando, es decir, en la URSS. La distinción entre personajes virtuosos y corruptos es muy clara. Los justos sobreviven y formarán el germen de la reconstrucción triunfante de la nación victoriosa. El mensaje al espectador es claro y directo: llegado el caso, América espera que actúes como Harry Baldwin. Él es la sólida encarnación de los valores propios de la época y el lugar, requeridos por la nación en una hora semejante de necesidad, como por ejemplo, el individualismo, la sensatez pedestre y poco dada a elucubraciones filosóficas y ese conjunto de saberes prácticos propios del colono de frontera, manejo de armas incluido of course, y del clásico self-made man (hombre hecho a sí mismo) americano, capaz de adaptarse y prosperar bajo cualquier circunstancia. El bueno de Harry, duro en la adversidad pero justo de corazón, reparte estopa al tendero y al de la gasolina para tomar las armas y el combustible que necesita y que no puede pagar; pero deja todo el dinero que le queda, y promete saldar la deuda en cuanto sea posible. Su máximo anhelo es protegerse a él y a los suyos hasta que regresen la ley, el orden y los perritos calientes. Sin embargo, su insistencia en tratar a su familia como si fueran idiotas, explicando una y otra vez lo difícil de la situación y lo imperativo de hacer lo que sea para sobrevivir, así como su forma un tanto dictatorial de tomar todas las decisiones y su escasa empatía, consiguen que Harry acabe resultando un personaje más bien antipático y estomagante.

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– Teneis que comprender que nos enfrentamos a… – Maldita sea papá ¿¡otra vez!?

Desde esta perspectiva no resulta ya tan extraño que, a pesar de haber escuchado en la radio que las principales ciudades del planeta están en ruinas y con un conteo de muertos que asciende sin duda a decenas de millones de personas, Harry ni por un segundo se detiene a reflexionar que qué coño habrá pasado para que la Humanidad haya decidido de repente jugar al intercambio masivo de pepinos; ni mucho menos, claro, de si no habría que cambiar algo del funcionamiento habitual de las cosas para que algo así no volviera a suceder jamás. Como por ejemplo, a los gobiernos y autoridades mundiales que permitieron que ocurriera semejante desastre, y cuya primera medida para afrontar la grave situación parece ser la de iniciar una nueva cuenta de los años a partir de ese momento: ¡bravo!

De ahí viene el título de la película, ya que el primer año de ese calendario y en el que se desarrolla la acción, es designado como el Año Cero en el que da comienzo una nueva época. Y es aquí donde en opinión de un servidor, la película traiciona en cierto modo a lo que prometen su título y su llamativo cartel (con sensacionales frases como “El día-A… ¡cuando la civilización llega a su fin!” o “¡¡Donde termina la ciencia-ficción y comienzan los hechos!!“), ya que esas son prácticamente las únicas concesiones que el guión hace a esa idea de que una nueva y muy diferente era comenzaría para la Humanidad en caso de una guerra nuclear. Cosas como la radioactividad, las víctimas o cómo cambiaría la sociedad nacida de esa nueva época, se mencionan muy de pasada: la trama podría haberse adaptado sin dificultad a una invasión extraterrestre, catástrofe natural de grandes proporciones u otra circunstancia cualquiera que sirviese como excusa para el curso de supervivencia acelerado de los Baldwin. Lo que en On the beach es el fin irreversible y total de la civilización y la raza humana, aquí no es más que una situación temporal de suspensión de la ley y el orden, tras la que llegará el renacimiento. Sin embargo, ese “nuevo comienzo” que se cita en la última escena parece reducirse a poco más que los Estados Unidos ganan la guerra (como se nos informa en el filme a través de una emisión radiofónica) y que pasado cierto tiempo todo volverá a ser como antes pero incluso mejor, ya que no habrá rival que amenace la natural hegemonía norteamericana.

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Pues parece que ha quedado buena tarde…

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Publicado 23 julio, 2015 por bravido en Guerra Fría, Nuclear, Películas

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