¡Cine atómico! The Day After (El Día Después), 1983, Nicholas Meyer   1 comment

En la anterior entrega de ¡Cine atómico! dimos un salto atrás en el tiempo hasta retrotraernos a los orígenes del género. Hoy vamos a saltar de nuevo pero esta vez hacia adelante, 3 décadas después para dar un buen repaso a la que probablemente sea la película más conocida para el público en general sobre la guerra nuclear a gran escala y sus efectos posteriores: The Day After, o El Día Después en su título en castellano.

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Emitida por vez primera el 20 de Noviembre de 1983 por la cadena norteamericana ABC, causó un tremendo impacto en la sociedad de ese país y fue vista por una cifra record de 100 millones de personas, lo que la convierte aún hoy en el telefilme más visto de la historia. La trama se divide en dos partes muy diferencias, separadas entre sí por el propio ataque nuclear que, como se supone que sería en la realidad, es muy breve.

En la primera parte se nos introduce en la vida cotidiana de una serie de protagonistas residentes en la ciudad de Kansas y alrededores: un doctor que trabaja en un hospital de la ciudad, algunos profesores y alumnos de la universidad, familias de granjeros que viven en las proximidades de silos de misiles, y personal militar destinado en uno de esos mismos silos. El tono de esta primera mitad, especialmente al inicio, es bastante ligero y un poco ñoño, comenzando por los propios títulos iniciales y la música que los acompaña: intrascendentes riñas entre hermanas, una pareja joven y rebelde a punto de casarse, un matrimonio de mediana edad – el del doctor – que ve como sus hijos ya crecidos se van de casa, la vida en una de esas granjas con la bandera de las barras y estrellas presidiendo la entrada… estampas del American Way of Life ochentero, personajes planos y previsibles, pelo cardado y ese cutre-look propio de las películas producidas para la televisión. Si haciendo zapping de manera casual aterrizases en algún momento de la primera media hora de la película, la cosa no pintaría nada bien y lo más seguro es que no pasaran muchos segundos antes de que cambiases de canal.

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Apoteosis Redneck

No obstante la primera escena de la película, antes de pasar a que nos cuenten La Casa de la Pradera, no es nada de eso sino que se desarrolla a bordo de un avión Boeing EC-135C Looking Glass del Mando Aéreo Estratégico de los Estados Unidos (SAC, Strategic Air Command), uno de esos que los norteamericanos mantuvieron volando de forma constante durante 29 años de la Guerra Fría para asegurarse al menos un centro de mando y control operativo en caso de que cayesen los pepinos soviets sin mediar previo aviso. Por el momento, nada más que la simple rutina de uno de tantos de aquellos vuelos, si bien ya nos da una pista de por dónde van a ir los tiros.

Y no solo eso, desde los primeros minutos tras los títulos de inicio nos daremos cuenta que acompañando a todas esas triviales peripecias de clase media, hay un fondo casi continuo de emisiones radiofónicas y televisivas que hablan acerca de una tensión creciente entre tropas de la OTAN y soviéticas a lo largo de la frontera entre las dos Alemanias. Parece ser que por motivos que no se especifican, a los soviéticos les ha dado de repente por acumular un montón de tropas en la Alemania Oriental, presumiblemente para amedrentar a los americanos y forzarles a retirarse de la parte Occidental (pista: no lo hacen). Más tarde llegan informes de rebeliones entre las tropas de la RDA, a lo que los soviéticos responden bloqueando todos los accesos al Berlín Occidental, dejándolo aislado. Recordemos aquí que Berlín Oeste no era otra cosa que un enclave de la República Federal Alemana dentro del territorio de la RDA y por tanto, completamente rodeado por ésta. De ahí que fuese posible el cercarla con un muro.

Berlin Map

It’s a long way.

Todas estas informaciones llegan de forma fragmentaria a través de noticieros de radio y televisión mientras vemos a los protagonistas vivir sus vidas en el apacible Medio Oeste americano. Los movimientos de los rusos allá por Centroeuropa provocan la previsible cascada de reacciones diplomáticas y acusaciones mutuas entre las dos superpotencias. EEUU finalmente lanza un ultimátum para que las fuerzas del Pacto de Varsovia levanten el bloqueo antes de una fecha dada; si no lo hacen, será considerado un acto de guerra. Los comunistas se pasan el ultimátum por el forro de su gabán de invierno, y ya la tenemos liada: tropas de la OTAN entran en Alemania Oriental tratando de forzar un acceso al Berlín Occidental, y sufren cuantiosas pérdidas en el intento.

El filme recrea como punto de partida de la guerra nuclear total uno de los escenarios más temidos y estudiados durante la Guerra Fría, la invasión de Europa Occidental por parte del Pacto de Varsovia, epicentro Berlín. A estas alturas, lo que comienza siendo el runrún de fondo habitual de las noticias de política internacional, de forma gradual va tomando un papel más relevante en la vida diaria de los protagonistas de la trama, y a introducirse en sus conversaciones, y miedos. El doctor Oakes recuerda junto a su mujer cómo vivieron la Crisis de los Misiles cubanos cuando eran aún una joven pareja; quieren creer que la crisis actual se resolverá igual que entonces, también en paz al final; pero la inquietud no se disuelve del todo: ¿y si esta vez…? Jim Dahlberg, granjero y padre de familia (a quien los fans de Doctor en Alaska habrán reconocido al momento 😉 ), comienza a preocuparse y a pensar en algo más que en la inminente boda de su hija. En la universidad todo el mundo habla y opina sobre la situación internacional mientras siguen la evolución de la crisis al minuto en sus receptores de radio portátiles.

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¡Ding dong ding! Vuelo con destino Moscú a punto de efectuar su salida en pista 3.

Y no evoluciona demasiado bien la cosa, no. Dos cazas MiG-25/Foxbat alcanzan una escuela y un hospital mientras bombardean un depósito de municiones de la OTAN, lo que le hace a uno cuestionarse si es peor la puntería de los soviéticos o la salud mental del responsable del plan de ordenamiento urbano berlinés de la época. Llegan rumores de que Moscú está siendo evacuada; en Kansas, los más avispados lo pillan a la primera y van tomando las de Villadiego. Asistimos a las primeras escenas de pánico en las que la gente hace acopio desesperado de víveres y equipamiento en los supermercados. Las carreteras se colapsan cuando miles de familias huyen de la ciudad. El granjero Dahlberg prepara un refugio improvisado en el sótano de su casa.

Llegan rumores sin confirmar de que por vez primera, armas nucleares han sido utilizadas en Frankfurt y Wiesbaden, lo que sugiere que el bloque comunista envida más y ha comenzado la invasión de Europa Occidental. Poco después las noticias informan de que efectivamente, han llegado hasta el Rin, donde la OTAN pinta la raya y hace uso de 3 proyectiles nucleares tácticos en un intento de detener el avance soviético. En una escalada de libro, a continuación los rusos le cascan un pepinazo atómico al cuartel general de la OTAN en Bruselas, y más tarde nos enteramos de que destruyen un par de bases del Sistema de Alerta Temprana (BMEWS, Ballistic Missile Early Warning System) en Reino Unido y en los Estados Unidos, por lo que pueda pasar. La guerra nuclear abierta pues, ya ha comenzado.

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Mascletá

Los protagonistas, entre el pánico y la incredulidad, tratan de reunirse con sus seres queridos. Las explosiones termonucleares no tardarán en llegar, cambiando su vida de forma irreversible y para siempre. El ataque en sí no dura más que unos pocos minutos de metraje, y no tardaría mucho más que eso en la realidad. Mientras todo el mundo huye o se refugia, llega la primera bomba que estalla a cientos de kilómetros de altitud sobre Kansas. Su objetivo, generar un pulso electromagnético (EMP, Electro Magnetic Pulse) que fría literalmente los circuitos eléctricos en varios kilómetros a la redonda, causando el máximo caos posible en las comunicaciones y el suministro de energía, que quedan interrumpidos. Los vehículos también se ven afectados y miles de personas quedan varadas en las autopistas mientras intentaban salir de las ciudades, esperando inermes la llegada de las siguientes bombas que, estas sí, estarán destinadas a causar la máxima destrucción posible.

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Caloret

Cuando todo termina, los supervivientes se ven trasladados repentinamente a un mundo que, en unas pocas horas, se ha convertido en algo por completo diferente al que conocían. Rodeados de fuego y ruinas, gente herida, enferma y desorientada trata de buscar ayuda o simplemente se sumen en la desesperación. Vemos al doctor Oakes regresar al hospital donde trabajaba, que ha sobrevivido al ataque y donde miles de personas lo saturan en búsqueda de refugio y atención médica. El personal médico, sobrepasado, trata de hacer lo que puede hasta el borde del agotamiento. Durante los días y semanas posteriores se irán diezmando, al igual que el resto de la población, a causa de la radioactividad que lo invade todo.

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Efectos especiales tope gama

La familia Dalhberg se enfrenta a un futuro incierto encerrados en el sótano de su casa sin tener una idea clara de qué ocurre en el exterior, algo que la hija mayor acabará por no ser capaz de soportar. El hijo pequeño ha quedado ciego por causa del resplandor repentino de las explosiones termonucleares. Finalmente deberán abandonar el refugio para llevar a sus hijos enfermos al hospital. Billy McCoy, técnico militar destinado a uno de los silos de Minuteman III en la zona de Kansas, llega a su puesto una vez que los misiles están en vuelo, lanzados ya por el personal de guardia. Sabe perfectamente que los silos son uno de los objetivos principales de las bombas enemigas y que no tiene ya ningún sentido permanecer allí. Así que deserta y huye, tratando de llegar hasta su mujer; pero la caída de los misiles soviéticos le coge a mitad de camino. Sobrevive refugiándose en el trailer de un camión abandonado. En los días posteriores vagará por la región asolada hasta recalar en uno de los improvisados campos donde miles de refugiados se hacinan en penosas condiciones. Terminará sus días apilado en una fosa común, junto a los cadáveres de cientos de otros supervivientes que poco a poco van sucumbiendo a la radiación, las heridas, o a la falta de servicios sanitarios y médicos básicos.

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En definitiva, la segunda hora de la película es el auténtico “día después”: a través de las peregrinaciones de sus protagonistas, mostró a los norteamericanos (y por extensión al resto del planeta) lo que sería el estado previsible de su sociedad y su nación tras la guerra nuclear de una forma mucho más cruda de lo que se había hecho nunca antes. Decenas de millones de muertos. Los servicios básicos, comunicaciones, sanidad, electricidad, agua potable, comida, completamente devastados. Los intentos de distribución de alimentos a los refugiados se saldan con disturbios y saqueos por la turba desesperada y hambrienta. Con la ley marcial en marcha, los restos del ejército se encargan de administrar sumaria justicia a los saqueadores, fusilados en las cunetas. Los supervivientes al ataque están condenados a padecer no solo las fatales consecuencias de la radioactividad y de la completa ruptura de la sociedad civil, sino también el trauma de unas vidas y esperanzas truncadas para siempre por la locura de políticos y militares. El otrora próspero e idílico American Way of Life yace ahora moribundo y estéril bajo una capa de cenizas radioactivas. Solo semanas después del ataque (el marco temporal exacto no se hace explícito en el filme) se dejan ver ciertos indicios de reorganización incipientes del gobierno y de la nación: el discurso radiofónico del presidente; consejeros de agricultura que tratan de convencer a los granjeros de que retiren la capa superficial de suelo y vuelvan a cultivar;  militares manteniendo el orden…

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¿Tiés un sigarriyo, pisha?

En mi opinión, The Day After no cierra completamente la puerta a la supervivencia de los EEUU como nación tras la guerra, pero en cualquier caso, su mensaje es claro y demoledor: podemos perder todo lo que tenemos y amamos (seres queridos, bienestar, propiedades, sociedad, leyes, país) en apenas unos minutos gracias a las armas nucleares; la vida de los que quedasen después sería, sencillamente, un infierno. Sin necesidad de declararlo de modo explícito, el mensaje que transmite al espectador es pacifista: tras asistir a las trágicas consecuencias que las armas atómicas dejan tras de sí, es difícil argumentar que la solución es construir más de dichas armas.

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¡Zutto o muette!

En el lugar y el momento en que fue estrenada la película, esta idea iba en rumbo directo de colisión con la política de defensa que estaba llevando a cabo el gobierno norteamericano conservador de Ronald Reagan. No es casualidad que el filme no señale que bando es el que “pulsa el botón” primero y libera las armas termonucleares estratégicas, es decir, quién es el responsable de provocar el fin de la civilización. En el punto álgido de la cinta, vemos de nuevo al avión que hace de centro del Mando Aéreo estratégico, donde se recibe la orden en clave del presidente de lanzar un ataque nuclear total contra la URSS. De manera casi simultánea, se muestra también como llegan informes sobre una salva de misiles dirigiéndose a 10 objetivos 10 dentro del territorio de los Estados Unidos. Esta ambigüedad no es trivial y forma parte del mensaje y del intenso debate público que rodeó al estreno de la película, antes y después de su emisión.

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¡Mozo, trae la botella de Larios acá!

De aquella las relaciones entre las dos superpotencias estaban en uno de sus peores momentos. Los soviéticos llevaban 3 años empantanados con la invasión de Afganistán, y más o menos el mismo tiempo Reagan como inquilino en el Despacho Oval. Su administración finiquitó la política previa de distensión con los soviéticos, desarrollada principalmente durante la era Nixon. Decidida a no contemporizar con un régimen que consideraba fundamentalmente malvado, apostó con decisión por una política de rearme y por recuperar la superioridad nuclear estratégica en Europa. En el Kremlin se cumplía un año de la muerte de Leonid Brézhnev y su sucesor Yuri Andrópov, a quien no le quedaban ya más que de 3 o 4 meses de vida, luchaba sin mucho éxito por superar el anquilosamiento de un sistema en declive que, con la lengua fuera, trataba de seguir el ritmo de los americanos sin haber conseguido realizar las promesas de prosperidad que parecían estar al alcance de la mano durante la era Jrushchov, hacía ya más de dos décadas.

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Cartel propagandístico contra el despliegue de los Pershing II en Europa.

The Day After se emite el 20 de Noviembre de 1983, escasas semanas antes de que comience el anunciado despliegue en Europa Occidental de los polémicos misiles de alcance medio Pershing II, la respuesta de la OTAN a los SS-20/RDS-10 soviéticos. En todo el mundo el
movimiento antinuclear se había movilizado para protestar contra este despliegue, considerándolo una provocación que no hacía más que echar leña al fuego que estaba calentando la Guerra Fría cada vez más, un fuego que podría llegar a las fatales consecuencias que se muestran en la película. Muchos sospechaban o temían que la política de rearme de Reagan ocultaba unas intenciones agresivas, que su objetivo no declarado no era sino conseguir una superioridad tal que diese a los EEUU la ventaja necesaria para derrotar al enemigo con un primer ataque relámpago, dejándolo sin posibilidad de respuesta. Entre los que así pensaban se contaban los mandatarios soviéticos, bastante acojonados con el aventurerismo cowboy de un presidente que, in God we trust, se ciscaba en el preciado equilibrio y reconocimiento geopolítico que tanto trabajo les había costado conseguir al fin para la URSS en los años de la distensión. Quienes apoyaban la línea de acción del gobierno conservador de Reagan eran más bien de la opinión de que si vis pacem, para bellum, es decir, la mejor manera de prevenir la guerra nuclear es asegurarse de que la capacidad atómica propia sea mayor que la de tu adversario. Y como este enemigo es inherentemente malvado (el “Imperio del Mal”, en las famosas palabras de Ronald Reagan), podemos estar seguros de que nos atacará en cuanto le demos la mínima ventaja y oportunidad de hacerlo. O, de nuevo en palabras de Reagan: “we maintain the peace through our strength; weakness only invites aggression“. El Ronald desde luego te lo dejaba clarinete.

Por supuesto, el problemilla con este razonamiento es que ya solo es necesario un pequeño salto lógico más para concluir que en tal estado de cosas, lo mejor que podemos hacer, Curtis LeMay style, es prepararnos cuanto antes para atacar nosotros primero, y entonces hacerlo. Por si no estuviese el ambiente ya enrarecido de por si, pocos días antes del estreno habían concluido los ejercicios militares Able Archer 83 de la OTAN, una simulación de escalada bélica hasta llegar un nivel de DEFCON 1 tan detallada que, de hecho, estuvo a punto de hacer realidad el escenario de guerra nuclear que pretendía representar. Hubiese sido una ironía de proporciones épicas: realizado precisamente en una época en que los soviéticos temían un ataque sorpresa en cualquier momento, puso a sus dirigentes al borde del infarto quienes, ayudados por un fallo tremendo de sus servicios de inteligencia, creyeron estar asistiendo a los preparativos auténticos de dicho ataque… y, por tanto, les faltó muy muy poco para decidir que, ya total, mejor adelantarse ¿no? En opinión de algunos esta fue la ocasión en la que el mundo estuvo más cerca de su destrucción total, más incluso que durante la mucho más famosa Crisis de los Misiles cubanos de 1962.

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Pershing II (izqda.) versus SS-20 (dcha.). Ninguno de los dos era bueno para tu salud.

Con semejante contexto no es de extrañar que The Day After se situara en el epicentro del debate acerca de las armas nucleares y por extension, de la política exterior del gobierno de Reagan, tanto antes como después de su estreno en televisión. Quienes defendían el rearme norteamericano la criticaron duramente al considerar que era de todo menos neutral, apoyando en efecto las posturas de las organizaciones a favor de la no proliferación nuclear.

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Andropov mirando El Día Después

Desde luego, estos grupos utilizaron el filme sin dudarlo para promover sus tesis, aprovechando el fuerte impacto psicológico que producía la película al mostrar las consecuencias de la catástrofe. Por ejemplo, compraron tiempo de televisión para emitir anuncios en favor del desarme producidos especialmente para ser emitidos durante la película. Al otro lado de la tribuna, los militares, comentaristas y organizaciones conservadoras de todo el país clamaban contra lo que consideraron no otra cosa que una herramienta de adoctrinación y propaganda creada por hippies, pacifistas, izquierdosos y gente de mal vivir en general, llamando al boicot contra los espónsores de la cinta. Estos sectores presionaron para que en el guión se señalase explícitamente a la Unión Soviética como la culpable del desastre nuclear, como la primera en pulsar el botón que desata a los ICBM, y ser así ellos quienes pudieran aprovechar la película como herramienta de propaganda para sus tesis, como Yisus Craist manda. Por fortuna los creadores resistieron estas presiones y mantuvieron intacto el mensaje original, la intención de señalar la responsabilidad de la escalada armamentística como algo global y no solo de una de las partes. Tanto es así que la película fue llevada por la propia cadena a Moscú, antes de su estreno, para ser proyectada en presencia de oficiales y miembros del gobierno soviético. Unos años más tarde y perestroika de por medio sería emitida también para el público en la televisión estatal.

La Administración Reagan no pudo permanecer ajena a la polvareda levantada por la película, tanto antes como después de la emisión. En boca de un portavoz, lamentaba que tal y como se contaba la historia, pudiera dar la impresión al público de que “al Gobierno no le preocupa y que es desdeñoso con sus necesidades“. Hubo incluso quejas acerca de que la voz del presidente, que escuchamos dando un poco inspirado mensaje a su pueblo a través de la radio, se parecía demasiado a la de Reagan; fue sustituida por una voz más neutra en posteriores emisiones. Numerosos oficiales del Gobiernos acudieron invitados a todo tipo de debates televisivos y radiofónicos organizados con motivo del estreno para defender la política americana en materia de armamento, incluyendo al Secretario de Estado George P. Shultz. Otros manejadores de cotarro de la politica exterior de anteriores gobiernos de EEUU que participaron también en los debates fueron Henry Kissinger y Robert McNamara, frente a científicos y divulgadores de la talla de Carl Sagan, lo que nos puede dar una idea del alcance social que tuvo la película.

Mientras en público se esforzaba en minimizar la importancia del filme, catalogándolo como “… una película de horror […] que no ha tenido ningún impacto duradero“, en privado el propio Ronald Reagan admitía lo contrario en este extracto de su diario hecho público en su autobiografía An American Life:

Columbus Day. In the morning at Camp D. I ran the tape of the movie ABC is running Nov. 20. It’s called The Day After in which Lawrence, Kansas is wiped out in a nuclear war with Russia. It is powerfully done, all $7 million worth. It’s very effective and left me greatly depressed. So far they haven’t sold any of the 25 ads scheduled and I can see why… My own reaction: we have to do all we can to have a deterrent and to see there is never a nuclear war.

Reagan, An American Life, p. 585

Lo que traducido al español dice más o menos…

Día de Colón [12 de Octubre, Día de la Hispanidad o Día de la Raza]. Por la mañana en Camp D[avid] visioné la cinta de la película que [la cadena] ABC emitirá el 20 de Noviembre. Se llama El Día Después en la que [la ciudad de] Lawrence, Kansas es aniquilada en una guerra nuclear con Rusia. Muy bien hecha, valen la pena los 7 millones $ que ha costado. Es muy eficaz y me dejó tremendamente deprimido. Hasta el momento no han vendido ninguno de los 25 espacios para anuncios programados y puedo entender el motivo… Mi propia reacción: tenemos que hacer todo lo posible para poseer capacidad de disuasión y no ver nunca una guerra nuclear.

220px-Sdilogo.svgVaya, que más que otra cosa le reafirmó en su idea de que la mejor manera de evitar una guerra nuclear no era otra que acumular más armas nucleares e impulsar su Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI, Strategic Defense Initiative), conocida popularmente como Guerra de las Galaxias. Y no obstante parece que a más largo plazo, le influyó también a la hora buscar acuerdos de reducción de armamento con la Unión Soviética ayudado, eso sí, de la buena sintonía y disposición del sucesor de Andropov y Chernenko, Mijail Gorbachov.

La polémica que rodeó a la cinta no se limitó solo a la política, también hubo preocupación por el impacto que el tremendo escenario apocalíptico mostrado en la segunda mitad, que no daba precisamente para muchas alegrías, causara en los espectadores y sobre todo, en los niños. ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? Bonito futuro les anunciaba a los chavales de los años 80, a ver cómo les obligabas después a que hicieran los deberes. Asociaciones pediátricas y de psicología consideraron necesario publicar recomendaciones al respecto, sobre todo, no dejar bajo ningún concepto que los menores de edad la viesen sin compañía adulta. En las escuelas se organizaron debates y visionados conjuntos entre hijos, padres y profesores, preocupados por el miedo y el daño psicológico que The Day After pudiese infligir a sus tiernas y vulnerables mentes.

Como obra cinematográfica en sí, The Day After deja quizá bastante que desear. En su intención aleccionadora, los personajes y el guión pecan de ser demasiado planos, al estar destinados a poco más que representar ciertos arquetipos de norteamericano medio: el militar, el granjero juicioso, el buen doctor… aunque hay ciertas excepciones que nos revelan su lado más humano, como cuando la mujer del granjero, desesperada, se empeña en dejar las camas hechas antes de bajar al refugio del sótano, cuando los misiles hacen ya la ruta Washington-Moscú y vicecersa; o la reacción de su hija Denise, la chica cuya boda se ve, ejem, cancelada por culpa de la guerra nuclear, tras pasar unos cuantos días metida en ese refugio. Tampoco los diálogos han pasado a la historia del Séptimo Arte. De forma similar a lo que ocurre con los personajes, en muchas ocasiones no tienen otra función que la de explicar al espectador “qué-está-pasando”. La producción y la fotografía resultan un tanto cutres y desfasadas incluso para el medio y la época. A veces ciertas escenas resultan cómicas de una forma involuntaria, como cuando Klein, un universitario que acaba metido en el refugio de los Dahlberg, encuentra a Denise en una cancha de baloncesto llena de refugiados y enfermos y trata de consolarla de su aspecto levantando su gorra de baseball para mostrarle su propia calva, ya que ambos están afectados por el envenenamiento radioactivo.

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Otro “pero” que se le puede poner es que el paisaje post-ataque – tanto en los decorados y atrezzo como en los efectos sobre las personas y en la sociedad – es un poco light, sobre todo visto con nuestros ojos contemporáneos, más que acostumbrados ya a la violencia más gore sin apenas filtro y a la espectacularidad de los efectos digitales. Ya cuando se realizó los propios artífices de la cinta eran conscientes de esto, pero es que se contuvieron un poco en la recreación de las secuelas y horrores termoucleares para no asustar en exceso a los pobres ciudadanos y evitar que la cena acabase yendo por el desagüe. No hay que olvidar que fue filmada para la televisión y para llegar a una audiencia lo más amplia posible. Es por ello que al final del metraje introdujeron un mensaje avisando de que, ojo, en la realidad sería todo mucho peor.

Y, no obstante, de alguna manera esa falta de sofisticación que permea toda la película (personajes, diálogos, producción) le da también una cualidad que es su principal virtud. Quizás The Day After haya envejecido regular; pero sigue siendo la película más entretenida y asequible, y sobre todo cercana para el público, acerca de una guerra nuclear total. Ese disfraz de telefilme inofensivo fue el vehículo con el que logró introducirse en las casas de millones de espectadores para contarles una historia que, en los años 80 y con el contexto que he tratado de describir en este artículo, ya nadie quería pagar por ver en el cine.

Si la comparamos con las demás historias que hemos visto en entregas anteriores de ¡Cine atómico!Five y On the beach apuntan más alto, tienen aspiraciones intelectuales y unos planteamientos que hunden sus raíces en la ciencia-ficción. En Panic in the Year Zero los protagonistas pertenecen a una supuesta familia típica de clase media de la época, mas el caracter acartonado y  apenas veladamente propagandístico de su guión hace que resulte demasiado difícil conectar con ellos.

The Day After en cambio, aún estando ambientada en el corazón de los EEUU no deja de presentarnos unas familias y una sociedad con las que podemos identificarnos, no muy alejadas de nuestra propia experiencia ni de esa tranquila banalidad rutinaria de los quehaceres y problemas cotidianos, que damos por descontada y cuyo valor solo reconocemos una vez la hemos perdido. Puede que la vida  de sus protagonistas resulte insulsa y poco atractiva… no son héroes imponiéndose a la adversidad como Harry Baldwin en Panic in the Year Zero; ni personalidades complicadas y únicas como Moira Davidson en On the beach. Pero son gente común y corriente, haciendo cosas parecidas a las que hacemos la mayoría de nosotros casi todo el tiempo. La mayor cercanía temporal también ayuda desde luego, pero sobre todo, que no parece que solo te esté hablando del futuro de la Humanidad, así en abstracto y en mayúsculas: te está hablando de tu futuro.

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Es la primera que narra el proceso que desemboca en la guerra nuclear, el antes y no solo el después, a pesar de su título. Y lo hace integrándolo como una parte relevante dentro de la historia, no reducida a un simple prólogo (Panic…, Five). Dramatiza en ella un escenario de crisis gradual no muy distinto de cualquiera de las periódicas tensiones que atravesaban las complejas relaciones entre las dos superpotencias en su continuo forcejeo geoestratégico, solo que esta vez llega un paso más allá. Entrevera así con habilidad dos elementos reconocibles de inmediato por los espectadores de la época, es decir, la cotidianeidad de su vida familiar sobre el continuo telón de fondo mediático de los peligrosos vaivenes de la política internacional en la era de la Guerra Fría. Con ello consiguió esa verosimilitud y conexión con el público que buscaba para maximizar el impacto del mensaje que quería transmitir.

Para valorarla adecuadamente es fundamental ser consciente del contexto histórico en el que fue estrenada, de cómo mal que bien muestra un escenario mucho menos especulativo y por tanto mucho más real que en películas de épocas anteriores, que estuvo muy cerca de hacerse realidad, y que hubiese trastocado de manera radical y dramática nuestro propio presente y futuro. Por ejemplo: no habría Facebook ni Whatsapp, ni programas de televisión en los que salen ninis… oh wait!

Para mí, lo más logrado y estremecedor es la parte que precede inmediatamente a la llegada de las bombas en sí, cuando la crisis ha escalado hasta un punto en el que parece no haber ya marcha atrás y comienza a cundir el pánico; pero aún contenido y mezclado con una incredulidad y una tensión palpable en la esperanza de que, finalmente, todo se resuelva para bien y alguien cuerdo devuelva los jinetes del Apocalipsis a su guarida en el último minuto. Es entonces cuando, aún a caballo entre el caos incipiente y la vida cotidiana (mientras, por ejemplo, miles de espectadores asisten a un partido de fútbol americano), asoman apuñalando el cielo las blancas estelas de decenas de misiles intercontinentales al dejar atrás para siempre los silos salpicados por toda la región, y ya todos enmudecen en el conocimiento de que algo terrible e irreparable acaba de suceder. La campana del Destino ha sonado al fin y apenas quedan solo unos últimos minutos, suspendidos fuera del tiempo y de la Historia, para que caiga inmisericorde sobre sus cabezas; pero todavía nadie sabe exactamente cómo será lo que viene después.

Cuando haces pop,ya no hay stop

Cuando haces pop, ya no hay stop

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Publicado 17 febrero, 2016 por bravido en Cine atómico, Guerra Fría, Historia, Nuclear, Películas

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